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Alcoholismo y Cardiopatía

Dr. Alfonso Gamarra Durana
Miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua y Correspondiente a la Real Española
Socio del Instituto Médico "Sucre"(Bolivia)
E.Mail: agamarra@coteor.net.bo

Es un problema médico que se avecina por los cambios sociales que crecen debido al tiempo y a las costumbres. Se debe al aumento de la población, en primer lugar, y después, a la falta de control por parte de familiares y de los mismos pacientes. Éstos tal vez ignoran los peligros que les amenazan, pero es seguro que por la endeblez de carácter son incitados al vicio. 

El consumo del alcohol se ha multiplicado en los últimos años y la incidencia del alcoholismo, con sus repercusiones socioeconómicas, ha crecido naturalmente. Los procesos patológicos que determinan hacen inflar las cifras estadísticas de los nosocomios, y los médicos no siempre ven al alcoholismo más allá de un proceso agudo de intoxicación o de traumatismos que provocan las reyertas entre embriagados. Sin embargo, tiene connotaciones morbosas crónicas mucho más graves.

La falta de atención a esta situación de profilaxis podría surgir entre los médicos si leen trabajos epidemiológicos realizados en Europa y que han despertado una tergiversación de los efectos del alcohol, aduciendo que tiene efectos benéficos al impedir los depósitos de colesterol y que puede reducir en forma considerable el riesgo de padecer enfermedad coronaria, puesto que la cardiopatía isquémica ateroesclerótica y otras enfermedades cardiovasculares son la causa principal de morbilidad y mortalidad en los países más desarrollados. 

Gracias a los intereses económicos, que se desvelan por sus ganancias comerciales y poco piensan en la salud de la población mundial, ha aparecido, con mucha frecuencia y relievancia en los medios comunicacionales, la noticia de que la alimentación de los países del mar Mediterráneo, acompañada por la ingestión consuetudinaria de vino, sirve eficientemente para evitar las enfermedades cardiacas del tipo ya señalado. 

Estas premisas son suficientes para reaccionar contra esas afirmaciones, y para que, con datos científicos sobre los aspectos nocivos de la bebida alcohólica, las hagamos notar claramente en este editorial. El alcohol (etanol) es absorbido con rapidez y facilidad por el tubo digestivo, es metabolizado por el hígado y eliminado también en pequeñas porciones por el riñón y, probablemente, por el pulmón. El etanol y su producto de degradación, el acetaldehído, son estimulantes del corazón sano en una primera etapa, pero, cuando existe cardiopatía previa o hay un alcoholismo crónico, producen una merma significativa de la noradrenalina, cuya consecuencia es el efecto depresor cardiaco. 

Por otra parte, aumenta el trabajo cardiaco y, a su vez, disminuye el flujo coronario. De ahí que la observación de bebedores de determinado vino que alcanzan edades avanzadas se debe tomar como una curiosidad y como motivo de mayor estudio de las causas ambientales. 

Mientras que no hayan conclusiones valederas, no se debe considerar que el alcohol sea un dilatador coronario sin efectos colaterales fuertemente indeseables. Trabajos de experimentación han destacado que hay una proporción directa entre la concentración de alcohol y la disminución de la contractilidad miocárdica, cuyo origen se hallaría en las alteraciones metabólicas intramitocondriales y citoplasmáticas. El acetaldehído produce radicales libres y es capaz de suprimir la síntesis de proteínas miocárdicas. 

Algunas investigaciones señalan que en las etapas iniciales de la ingestión crónica se presenta una disminución del índice cardiaco y del volumen sistólico en proporciones mínimas, la tensión arterial disminuye levemente, la frecuencia cardiaca no se modifica y el flujo cutáneo aumenta, motivo éste que hizo nacer una falsa relación entre este flujo y el aumento de circulación en las coronarias. En pacientes que tienen mínimas lesiones coronarias, quizás aún no sospechadas por el médico, y que se inician como bebedores, hay cambios degenerativos en las pequeñas arterias coronarias, que ocasionan estrechamiento de su luz, y lesiones de ateroesclerosis aórtica.

Quiere decir que si bien el alcohol no evita la arterioesclerosis y sus manifestaciones, se tiene entendido que la cirrosis avanzada puede proteger en cierto grado a las arterias coronarias como consecuencia de los cambios que produce en el metabolismo estrogénico y en la coagulación sanguínea.En esta gravísima localización de lesiones que se producen en el hígado a consecuencia del alcohol, la signología clínica es muy evidente, y la serie de sucesos que registra su evolución hacen al clínico concentrar su atención en lo que sucede en el abdomen y en el aparato digestivo, en particular. Muchos de los síntomas que tempranamente pueden estar indicando la agresión al corazón se mimetizan con los ocasionados propiamente por el fracaso hepático. 

Durante mucho tiempo no se quería admitir la acometida solapada al corazón, que, aleatoriamente, puede producirse en el transcurso de mucho tiempo y sin que otros órganos estén todavía dañados. El cardiólogo llega difícilmente a diagnosticar una cardiomiopatía incipiente, y menos a aceptar su propensión en bebedores alcohólicos. Pero puede prestar debida atención a los datos de la anamnesis, exploración física y otros métodos complementarios que evidencian la existencia de esa enfermedad, cuando se puede descartar otras posibles etiologías, y que el paciente tenga una historia de abundante ingestión y durante mucho tiempo. 

Por esta premisa se hace obligatorio el aceptar a pacientes con edad inferior a sesenta años para diagnosticar con toda razón una cardiomiopatía dilatada, pues se considera que a partir de esta edad pueden existir lesiones miocárdicas arterioescleróticas; y controlar que no existan lesiones en otros órganos que enfermen secundariamente al corazón, y que el alcohol actúe simplemente como coadyuvante de la lesión miocárdica.En los individuos jóvenes esta afección determina insuficiencia cardiaca como manifestación primera, y muchas veces la cardiomegalia es la objetivación de su presencia aun cuando en el electrocardiograma no aparezcan inicialmente signos inculpadores.

Es un proceso subrepticio; por eso se opone a su presentación temprana en estos enviciados. Lo contrario sucede cuando se encuentra la semiología clara de los efectos tóxicos del alcohol sobre el hígado, el sistema nervioso periférico y el circuito mental, pues la cardiomiopatía es más difícil de diagnosticar por la ausencia de signos típicos o por la falta total de síntomas en muchos casos. 

La cardiomegalia se ha grabado en la mente de los médicos jóvenes como un acontecimiento idiopático o esencial, muchas veces relacionado con el beriberi, y les cuesta aceptar su origen en una intoxicación. Pero el médico prevenido sabe que las palpitaciones, ocasionadas por arritmias discretas, o disnea, son de origen desde emocional hasta altamente patológico, y no deja pasar la alarma que descubre la anamnesis para interpretar una ausencia o presentación de insuficiencia cardiaca, con o sin trastornos de repolarización en el electrocardiograma. Hay que extremar las precauciones sobre las consecuencias alcohólicas porque los efectos indeseables sobre el sistema nervioso son, de por sí, sumamente graves. 

Los agudos son conocidos, y se extienden desde un estado de euforia o somnolencia hasta la embriaguez, pasando a las inquietantes perturbaciones mentales con logorrea, sentido de agresión, otras manifestaciones psicóticas y, ocasionalmente, alteraciones del sistema simpático con síncopes miccionales e hipotermias indeterminadas. Cuando se llega al abuso aparece el estado crónico con severa posición de dependencia y con elevado porcentaje de polineuritis por acción neurotóxica directa; posteriormente, lesiones de neuronas centrales e hipoxia cerebral y la manifestación espectacular del delirium tremens.

Otros especialistas confrontan, en el primer plano de las incidencias, la hepatitis alcohólica, la cirrosis hepática, la pancreatitis aguda y crónica, sus relaciones con el cáncer de colon y cáncer de la mama, así como el denominado síndrome alcohólico fetal que determina malformaciones congénitas diversas.Es suficiente este repertorio anormal para evitar el consumo, a pesar de que en algunas regiones se habla de ese efecto antiateroesclerótico. No puede ser éste un móvil que justifique la ingesta irracional del alcohol, sobre todo porque hay intereses comerciales que quieren inducir a una población creciente a la utilización de sus productos. 

Este tipo de información sensacionalista confunde incluso a los profesionales de la salud y lleva a equívocos de interpretación, los que producen fatales trastornos en lo más valioso que tiene el ser humano que es su salud.La profilaxis bien entendida indica que las personas deben rehuir esta ingestión para no caer en la dependencia. Al aparecer las primeras manifestaciones de afectación, se debe vedar con la mayor escrupulosidad para que no se llegue a los cuadros más avanzados. Su uso se debe impedir terminantemente en los jóvenes menores de 18 años porque en ellos el impacto endocrino y neuronal es impredecible; en las gestantes por el riesgo de ocasionar malformaciones en sus hijos; en los enfermos con patología ya consolidada en hígado, cerebro, artropatías, tuberculosis y úlcera gastroduodenal; y en los enfermos psiquiátricos funcionales u orgánicos.

Otras disciplinas que se ocupan del comportamiento humano y los resultados de los acontecimientos sociales deben analizar las causas del aparente aumento actual del alcoholismo en nuestras poblaciones. Es posiblemente el desempleo y la inseguridad de los jóvenes ante un futuro incierto lo que los lleva a desprenderse de sus inhibiciones y ansiedades con la bebida, y los hechos cotidianos que llevan a las aglomeraciones, etiquetadas de espectáculos, son los coadyuvantes para la aparición de este hábito. 

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Revisado:01/07/2008