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Pr. J.A.Serrano Mercado
E.mail:
serrano@nops.ucl.ac.be
Lic.
M.Verónica Serrano Bascopé
Email: mserrano@caramail.com
(*)
Trabajo
publicado en la Revista del Instituto Médico Sucre Año LXIV Nº 115
La violencia ejercida sobre el niño existe probablemente desde los
albores de la historia humana. La ideología tradicional ha
considerado corrientemente al niño como una propiedad del adulto (Wolfe,
1987) o como un adulto en miniatura sometido a exigencias de producción
económica desde temprana edad, como es el caso en nuestro país, y en general, en los
países más pobres. A nuestro parecer,
estos factores contribuyen a una cierta ocultación del maltrato
infantil y, por ende, del abuso sexual, considerado éste último como
un tabú. Cuando se infringe éste tabú y se revelan algunas de esas
situaciones, despierta respuestas enraizadas sobre todo en nuestro
mundo emocional más que en un análisis científico,
"comprometido" por supuesto, -no puede ser de otro modo-, de
esos hechos.
En efecto, la tematización científica del maltrato físico y de
la negligencia del menor se inicia recientemente, en el mundo
anglosajón, con la descripción del “sindrome del niño maltratado”
en el artículo princeps de Kempe, Silverman y col.,(1962). A partir
de entonces se ha delineado progresivamente la “dinámica de la
violencia familiar ejercida sobre el niño”. En cambio, el interés
por el abuso sexual es aún más reciente, en torno a los años 70,
quizás porque en ciertas culturas, las relaciones sexuales con
menores de edad ha sido y es mejor "tolerada", cuando no
objeto de mercancía.
El análisis de la dinámica de la violencia familiar y social ha
permitido estudiar las características interactivas del sistema
familiar (la calidad de la relación conyugal, la relación padres-hijos), así como el perfil
psico-social de los padres
maltratantes o incestuosos, el de los adultos abusivos y el de los
niños maltratados o víctimas de abuso sexual.
El presente artículo está consagrado a analizar el problema del
abuso sexual esencialmente intrafamiliar, haciendo hincapié en
algunos de sus aspectos clínicos psicopatológicos, preventivos y
terapéuticos.
Atrás
Hasta hace poco
tiempo, la escasa difusión de los conocimientos
adquiridos en ese campo, así como la importante connotación afectiva
ligada a la violencia ejercida sobre el niño, ha contribuido a
mantener la “ocultación” involuntaria del maltrato infantil y del
abuso sexual. Así, en los medios médicos, imbuidos por el pudor
propio a la naturaleza del secreto profesional, se prefería, no ha
mucho, hablar de “sindrome de Silverman”, término “aséptico”,
aceptable por el imaginario médico-social, para referirse al maltrato, y los antecedentes de abuso eran ignorados a la hora se
establecer una anamnesis o de explicar un trastorno psicosomático o
psicopatológico.
Gracias a los esfuerzos realizados en defensa de la niñez, -culminados con la firma de la Convención de Naciones Unidas por los
Derechos del niño (1989) y la Cumbre Mundial de la Infancia (1990)-,
los diferentes países del mundo, y en particular los del mundo
occidental desarrollado, han elaborado progresivamente políticas de
detección, de prevención y de tratamiento, de denuncia y de sanción
de aquellas relaciones intrafamiliares en las cuales predomina la
violencia, el maltrato o el abuso sexual. Se entreteje así una
estructura psico-médico-social y legal ciertamente funcional pero no
exenta de malentendidos y de paradojas.
El abordaje científico sistemático del problema que nos ocupa, así
como la sensibilización de las organizaciones políticas y sociales,
ha dado lugar entonces a acciones de mayor o menor envergadura
destinadas a prevenir y a tratar las causas y las consecuencias de la
violencia ejercida sobre el niño, sobre todo en su entorno familiar.
El Año Internacional de la Familia ha contribuido por su parte ha
reforzar la convicción acerca de la necesidad de elaborar políticas
de promoción de la estabilidad y de bienestar familiar. La familia,
contrariamente a aquello que sugieren ciertos autores, constituye, nos
guste o no, el espacio por excelencia de la socialización y de la
educación del niño. La tarea educativa de la familia es tanto mayor
cuanto que, en el mundo occidental desarrollado, asistimos a una
cierta demisión del rol educativo de los profesores y, en el mundo no
desarrollado, a la imposibilidad material de asumir tareas propiamente
educativas por parte de los mismos.
En la mayoría de países
se han organizado servicios, hospitalarios
o extrahospitalarios, públicos o privados, universitarios o no, en
los cuales se busca prevenir los daños y disminuir la gravedad de las
secuelas del maltrato y del abuso sexual del menor (Bowman, 1985;
Calam y Slade, 1989; Deschamps, 1992; Goldfarb, 1987; Jehu, 1988;
Palmer y col, 1990; Waller, 1991, 1992). Estas secuelas se expresan
tanto a través de diversos cuadros psicopatológicos, como en la
transmisión transgeneracional de la violencia familiar (Farrington,
1978, 1991) y por ende del maltrato y del abuso sexual.
Atrás
El abuso sexual de menores ha sido definido como la utilización
del niño o del adolescente como objeto de gratificación de las
necesidades, deseos o fantasías sexuales del adulto. Schechter y
Roberge (1976) han subrayado la dependencia y la inmadurez del niño o
del adolescente implicados en esa situación. Para éstos autores, el niño
y el adolescente son incapaces de consentir libremente o de
comprender el sentido del comportamiento del adulto, quien, al actuar
de ése modo, transgrede tabúes sociales y reglas familiares
reconocidos tradicionalmente.
Finkelhor y Korbin (1988) han precisado las características del
contacto sexual abusivo adulto/niño. Se trata de:
1°) Todo contacto sexual entre un adulto y un
niño sexualmente
inmaduro, con el propósito, para el primero, de obtener una gratificación
de índole carnal.
2°) Todo contacto sexual con un
niño mediante el uso de la
fuerza, de la amenaza o del engaño.
3°) Todo contacto sexual con un
niño incapaz de dar su
consentimiento ya sea por su corta edad o por el poder y la autoridad
(económica, psicológica o moral) del adulto.
Estas características permiten
incluir, como formas de abuso
sexual, las experiencias sexuales entre el niño/adolescente y sus
padres u otros adultos exteriores al medio familiar, como también las
situaciones de prostitución o de pornografía en las cuales
interviene un elemento de carácter económico.
Aún más, toda definición extensiva del abuso sexual abarcaría
las experiencias entre menores de edad y otras formas de erotización
de la relación adulto/niño que no impliquen necesariamente
estimulación directa de los órganos genitales o penetración;
abriría también la discusión acerca de cuestiones tales como la
edad del niño implicado, la naturaleza del consentimiento, el
concepto de “madurez” sexual, etc.
Por otra parte, conviene recordar la diferencia existente entre el
incesto, “cohabitación entre personas emparentadas” cuyo grado de
parentesco excluye toda relación permitida jurídicamente, y el abuso
sexual extrafamiliar, es decir, aquel perpetrado por una persona que
no posee lazos de parentesco con su “víctima”.
El adulto abusivo no busca necesariamente establecer una relación
positiva con el niño. Como nos lo recuerda Hayez (1992), se trata, en
general, de una satisfacción narcisista, casi auto-erótica; el niño
no está investido como tal, sino como superficie de proyección sobre
la cual desfilan las fantasías del adulto. Ferenczi (1933) sostenía
la existencia, en éstos casos, de una “confusión de lenguas”
puesto que el adulto “habla” el lenguaje de la pasión y del amor
genital, mientras que el niño tiene necesidad de contacto y de
ternura.
Ciertas características epidemiológicas han sido destacadas a
partir de investigaciones, sobre todo americanas. Por ejemplo, el
abuso sexual de las niñas comprende el exhibicionismo, las caricias,
el contacto genital, la masturbación y la penetración vaginal, oral
o anal. Los niños son abusados mediante caricias, masturbación mutua, felación y penetración anal.
En ciertos casos, la violencia sexual es ejercida por personas
exteriores a la familia, perpretada por sujetos particularmente
perturbados desde el punto de vista psicopatológico : psicópatas
delincuentes, alcohólicos crónicos, caracterópatas. El abuso sexual
se inscribe entonces el campo delincuencial como una manifestación
más de la perturbación social a la cual ciertas grupos están
condenados.
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1. Estructura de poder :
dominación-sumisión.
La negligencia y el maltrato infantil se observan sobre todo en
familias a múltiples problemas (o multiproblemáticas). Estas
familias viven en un estado de crisis recurrente (Guay, 1999), en el
cual la violencia comportamental es el recurso extremo empleado para
huir del sufrimiento, para evitar la toma de conciencia de las
emociones ligadas a traumatismos del pasado. Las familias abusivas,
incapaces de manejar, orientan sus esfuerzos en mantener un estilo de
interacción y de lazos parentales y conyugales disfuncionales. Se
trata de familias donde no hay ganador (no-win position) : con
frecuencia los miembros de la familia juegan todos a perder. Las
crisis recurrentes, en vez de provocar el cambio refuerzan el estilo
de funcionamiento familiar. Los padres abusivos consideran que es
necesario utilizar la fuerza para hacerse obedecer y para resolver los
conflictos.
Ciertas familias incestuosas pertenecen también a esta
categoría de familia a problemas múltiples. Sin embargo, la mayor parte de esas
familias han sido descritas como disfuncionales pues no es posible
establecer una tipología bien definida. Existen por supuesto ciertos
rasgos comunes como por ejemplo un desequilibrio en la estructura de
poder de la pareja, .
El abuso sexual se observa con frecuencia en estructuras familiares
rígidas, patriarcales. En muchos casos, el padre ocupa una posición
dominante, -despótica, según nuestra experiencia-, ejercida mediante
la fuerza y la coerción. Algunos padres utilizan la violencia para
reforzar su poder y su control sobre la familia (Weinberg, 1955), pero, en general, el adulto utiliza más bien la “presión”
psicológica, social o económica para alcanzar sus propósitos (seducción, valorización del
niño, regalos, recompensas diversas, chantaje, argumentos ideológicos ……)
A éste respecto, el caso de la Sra. C. quien nos consultó por un
problema alimentario de su cuarto hijo de 6 años, es revelador. La
consulta revela la existencia de un importante conflicto de pareja,
caracterizado por una descalificación mutua permanente, así como por
una casi ausencia de vida sexual. Durante la entrevista con cada uno
de los padres separadamente, la madre nos confía que fue “abandonada”
por su propia madre cuando tenía 1 año (carencia afectiva y
traumatismo de la separación) y confiada a un orfanato dirigido por
religiosas, “donde fui feliz gracias a su cariño” -nos dice C.
Allí permaneció hasta sus 8 años y luego fue retirada por su madre
para hacerse cargo de sus hermanos y hermanastros menores (reconocida
como objeto). Un año después vuelve nuevamente al orfanato porque la
madre había decidido separarse de su concubino, personaje tan
violento y alcohólico como el propio padre de C. Pasados apenas dos
años la madre la retira nuevamente del orfanato porque ha decidido
rehacer su vida con el primer marido, es decir, el padre de C.
Poco
tiempo después, apenas cumplidos sus 11 años, el padre decide
iniciar su “educación sexual”, manteniendo relaciones con la
joven C., más o menos una vez por semana, durante alrededor de 5
años, a vista y paciencia de la madre. A los 16 años encuentra a su
marido actual quien la salva de situación. El padre se “consuela”
“educando sexualmente” a otra de las hermanas de C. (padre
despótico dueño de sus hijas y con derecho a hacer lo que le viene
en gana). La familia de C. vive un destino de incesto. Hace algunos
meses, su suegro se ha permitido ciertos comportamientos incestuosos
con una de las hijas mayores de C. Comentando el comportamiento de su
suegro, C. dice comprenderlo, haberlo perdonado, aunque reprocha a su
marido de no haberse mostrado más firme con su padre.
Otras veces se trata del modelo inverso, es decir, de una madre
dominante y de un padre pasivo, quien no se siente seguro fuera de una
relación incestuosa. El padre erotiza la relación con sus hijas,
mezclando a la vez la ternura y la seducción. Se trata en esos casos
de estructuras familiares donde predomina el aglutinamiento, con
fronteras intergeneracionales demasiados laxas.
El esposo de la Sra. C., antes mencionada pertenece a este tipo de
familias. Padre preocupado por las tareas escolares de sus hijas,
cercano a ellas en toda circunstancias, tierno y seductor en su
comportamiento, frustrado en su vida sexual, pues su esposa, ella
misma antigua victima de abuso sexual, se muestra frígida en su
relación conyugal. El Sr.C., sin llegar a tener relaciones sexuales
con sus dos hijas mayores, ha ido mas allá de lo permitido en el
acceso al cuerpo, bajo el pretexto de comprobar si sus hijas eran
capaces de reaccionar como mujeres a ciertos gestos francos de
sexualidad masculina.
2. Confusión de roles.
En las familias incestuosas no es nada raro observar una confusión
(o una inversión) de roles, ya sea cuando la madre delega sus roles
maritales y domésticos a sus hijas mayores o cuando el padre se
muestra afectuoso, y asume la atención y los cuidados domésticos. La
relación incestuosa puede convertirse en la única fuente de
intimidad, de ternura y de afección para el niño.
3. Relación con el entorno
El Sr. N., de unos 4O
años, viene de
“urgencia” a nuestra consulta aconsejado por un colega. Nos dice
que tiene miedo cometer un acto incestuoso con su niña de 4 años. N.
vive solo con la niña desde que perdió a su esposa, fallecida
accidentalmente, unos meses atrás. Últimamente la niña viene a su
cama por las mañanas y él, la acaricia. Mientras la acaricia, entra
en erección y reacciona bruscamente pidiéndole a la niña que deje
la cama y se vista. Explica esta eclosión de deseos incestuosos como
un signo más de su depresión, de su aislamiento social, de la
dualidad de roles que debe asumir actualmente en su hogar. Por otra
parte, la situación actual le recuerda a su hermano mayor quien le
sometía a prácticas de felación durante su niñez.
El aislamiento social de ciertas familias, incapaces de establecer
relaciones sociales gratificantes con el entorno, ha sido descrito
como un factor de riesgo del “incesto endogámico” (Weinberg,
1955). Se trata de familias centradas sobre sí mismas, centrípetas,
cerradas, que perciben el mundo exterior como hostil.
La promiscuidad y el aglutinamiento familiar favorecen la eclosión
del incesto. La paradoja de esa situación es el contraste entre la rigidez
de la fronteras familia/entorno social y la delincuencia de
las fronteras intergeneracionales. Summit y Kriso (1978) han descrito
ciertas formas de incesto en los “entornos rurales” en los cuales
las relaciones incestuosas entre hermanos y entre generaciones son
socialmente toleradas.
La Sra X. llega a la consulta con su
niño de algo más de un año
quien presenta problemas de sueño. Llora toda la noche y X. no sabe
muy bien como manejar la situación. Durante la consulta, el niño duerme placidamente (¡!) en su cuna y cuando preguntamos por el
padre, la madre se lanza rápidamente a explicarnos las razones por las
cuales prefiere que su marido no participe en la entrevista. “No
tiene por qué estar en la consulta” -nos dice- puesto que “no es
el padre de mi hijo, ni tampoco del otro en camino”, -añade. En
realidad, confiesa X., “el padre de ambos es mi suegro” con quien
ella mantiene regularmente relaciones íntimas. Las declaraciones de
X. nos sorprenden por su crudeza y por la ausencia de crítica de su
comportamiento. Las cosas “son así” y “para qué cambiarlas”.
En su propio medio familiar de origen -Cuarto Mundo- el incesto -nos
dice- es práctica corriente, tanto entre hermanos como entre padres e
hijos.
La promiscuidad familiar se presta a la interpretación incorrecta
de ciertas actitudes infantiles consideradas como “maniobras de
seducción” por algunos adultos. Esta interpretación corresponde a
una distorsión afectivo-cognitiva del adulto, por supuesto también
presente en otros contextos socio-económicos. En realidad, se trata
de actitudes asumidas por los (las) niños (as) en pleno desarrollo,
abocados a la búsqueda de consolidar su identidad sexual, que juegan
a “mostrarse adultos”, sin que ello signifique la existencia de un
“deseo sexual real” (Szaniecki, 1995). La confusión de lenguas
señalada anteriormente se confirma una vez más.
4. La sexualidad de la pareja
parental
Los problemas sexuales de la pareja parental son frecuentes entre
este tipo de familias. La madre rechaza las relaciones íntimas
pretextando estar “indispuesta”, e invocando razones como malestar
o enfermedad física, cansancio o depresión. La relación conyugal no
satisface las necesidades de dependencia de ambos padres, quienes, en
general, no han sido suficientemente investidos afectivamente durante
su infancia.
mutuas con su hija. Ella “pide el seno a su madre” y, en el La
familia B., enviada por un colega pedíatra, consulta debido a la
anorexia mental de su hija única. La impúber, de 12 años, “se
atora” y tiene miedo de comer “alimentos sólidos”. Su madre
tiene que licuar los alimentos y ocuparse de hacerle tomar una bebida
nutritiva prescrita por el médico. La joven C. parece parapetarse
detrás de los tarros vacíos de dicha bebida, como si quisiese
protegerse de la violencia de las disputas de sus padres. Estos viven
como “perro y gato”. La madre ha mantenido una relación
extraconyugal, “justificada” por la ausencia de ternura de parte
del marido, personaje un poco burdo y primario. En realidad, los
padres duermen separados, el padre en el dormitorio de su hija,
mientras que ésta última comparte la cama con la madre. Durante las
entrevistas con la madre sola, ésta nos confiesa progresivamente la
existencia de caricias intercambio de caricias, ambas alcanzan un
estado de voluptuosidad importante.
En algunos casos, la esposa -o concubina- se ausenta del hogar por
causa de trabajo, precisamente durante los períodos más álgidos de
la vida conyugal. La frustración sexual, resultante de esa
situación,
puede convertirse entonces en factor desencadenante del incesto, pues
los padres se vuelcan hacia los hijos en vez de buscar gratificaciones
exteriores a la pareja.
Atrás
Hasta aquí hemos expuesto los principios de una prevención del
abuso sexual infantil teniendo en cuenta el sistema familiar y la
situación individual. Existe sin embargo una dimensión social que
interviene en éste campo.
A nuestro parecer, existe actualmente una serie acumulativa de
riesgos de violencia familiar y del abuso sexual infantil. Se trata de
un iceberg, signo revelador de un malestar mucho más profundo de la
familia y de la sociedad en general.Los niños constituyen las principales víctimas de una cierta
degradación del entorno social. La banalización del divorcio y las
“luchas” mortíferas que conlleva casi siempre, el desempleo, la
pobreza, la marginalidad, la promiscuidad, y tantas otras lacras
actuales y pasadas, como la corrupción y el uso de drogas, generan
inestabilidad en el grupo familiar.
La sociedad actual está marcada por el ansia de consumo y por la
búsqueda inmediata y fácil de placer, por la precariedad del empleo y
la inestabilidad conyugal. El sentido de la existencia, de su apertura
trascendente, así como los valores de solidaridad, de responsabilidad
o de compromiso, se han vuelto opacos, cuestionables, olvidados. A
falta de un proyecto existencial sólido, el hombre de hoy corre el
riesgo de transitar su existencia por callejones sin salida.
La familia está amenazada por la ideología de la libertad y la
permisividad sexual, par la banalización del divorcio, la expansión
del concubinaje, el aumento de la maternidad en adolescentes solteras;
la promiscuidad, la ausencia de los padres, las migraciones.
A nivel internacional, la
división entre países pobres y países ricos favorece actualmente el comercio sexual infantil el cual se
traduce mediante el turismo sexual del cual son victimas miles de
niños del Tercer Mundo, sobre todo en Asia y en ciertos países
latino-americanos. La
prostitución infantil en gran escala, pedofilia
y pornografía infantil, han sentado sus reales sobre las necesidades
económicas y sobre el sufrimiento de los pobres.
Vender su cuerpo, el de un
niño o el de una niña, para procurar
un momento de placer a adultos “bien pensantes” de los países
ricos, encuentra su terreno de predilección en aquellos
países culturalmente predispuestos a aceptar el comercio sexual del adulto
con púberes de ambos sexos por razones culturales (promiscuidad,
hacinamiento, miseria, gusto por el lujo) (abuso sexual extrafamiliar
y extracultural "exótico")
Atrás
Las observaciones clínicas a propósito de las repercusiones
psicológicas del abuso sexual han comenzado hace apenas un lustro. Se
describen las reacciones a corto plazo y las secuelas a largo plazo.
Se trata, en ambos casos, de manifestaciones clínicas inespecíficas
y por ende difíciles de identificar como emergentes del abuso sexual.
1. Reacciones a corto
plazo.
Las reacciones a corto plazo están relacionadas con la vivencia
inmediata del traumatismo. Las manifestaciones ansiosas son frecuentes. Los niños experimentan un sentimiento de
inseguridad, se
muestran atemorizados, huidizos; temen la presencia del adulto de sexo
masculino; evitan las situaciones análogas al traumatismo, o
desarrollan a veces verdaderos estados fóbicos e incluso de pánico.
La ansiedad se acompaña de síntomas depresivos tales como la
tristeza, la culpabilidad, la vergüenza o las reacciones de cólera.
Las adolescentes se muestran a veces incapaces de elaborar y de
comprender la situación de abuso, el cual es sometido de éste modo a
una especie de represión.
Las manifestaciones ansiosas y depresivas modifican el
comportamiento cotidiano del niño abusado a nivel del sueño, de la
alimentación, de la actividad escolar y social. Las perturbaciones
del sueño consisten en dificultades para dormir, insomnio,
interrupción del sueño y pesadillas. Las pesadillas “reviven” a
veces la situación traumática, la cual puede ser también “visualizada”
durante el día, mediante fenómenos de pánico o de reviviscencia
oniroide del traumatismo. Se observa también trastornos de la
alimentación tales como la anorexia o la bulimia compulsiva (cfr.
Waller, 1991, 1992), las cuales tienden a cronificarse. A nivel
escolar suelen presentarse modificaciones bruscas en el rendimiento y
dificultades de concentración en contraste con un estado de
hipervigilancia frecuente en éstos casos.
Las reacciones a corto plazo corresponden al Trastorno descrito por
la DSM IV como Estado de Estrés Post Traumático.
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